Tres científicas del Área de Geodinámica y Geofísica de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de Rosario y Conicet Rosario estudian con la asistencia de tecnología de la Nasa la situación hídrica de la laguna La Picasa, que aumentó su tamaño de 2.500 a 40.000 hectáreas en los últimos años.

Ubicada en el extremo medio inferior occidental de la provincia de Santa Fe, en el departamento General López, la laguna La Picasa forma parte de una cuenca compartida con Buenos Aires y Córdoba. Actualmente, la laguna se encuentra desbordada: el agua ganó terreno y ocupa unas 40.000 hectáreas, y como consecuencia de esta situación, la ruta nacional 7 se encuentra constantemente interrumpida, gran cantidad de parcelas del sector productivo están anegadas y los pueblos linderos corren peligro de quedar bajo el agua, como la localidad de Aarón Castellanos.

La investigadora independiente del Conicet Cristina Pacino destacó que “a partir de datos aportados por el Ministerio de Asuntos Hídricos provincial se obtuvo las mediciones in situ de la altura del nivel de agua en la laguna, y combinando dicha información con las medidas desde el espacio se pudo monitorear el almacenamiento de agua en dicha región desde 2002 a la actualidad”.

Pacino es la directora del grupo que integran Ayelén Pereira, investigadora asistente, y la becaria posdoctoral Cecilia Cornero. Gracias a esta misión, las científicas pueden ver cómo cambia el agua superficial, y cómo se modifica toda una columna de masa de agua que además incluye humedad del suelo y agua subterránea.

Para tomar medidas desde el espacio, Cornero explicó que se usa la herramienta de la campaña satelital Grace (Gravity Recovery And Climate Experiment), una misión conjunta de la Nasa y la Agencia Espacial Alemana mediante la cual el grupo obtiene información sobre los cambios del campo gravitatorio terrestre de las cuencas hidrográficas, que asocian a las variaciones de masa de agua superficial, humedad del suelo y agua subterránea.

El terreno de la zona de La Picasa es muy llano, por eso el agua no tiene energía suficiente para desaguar, y “un incremento de agua en unos centímetros es muy peligroso para todo el sector”, advierte Cornero con respecto a las características del lugar.

El grupo dispone de los datos satelitales que se alojan en la página de la Nasa desde 2002. Lo que ofrece la misión son datos de coeficientes de gravedad, y las investigadoras los transforman en variaciones de masa de agua, para lo cual hace falta cierta pericia. “Chequeamos y validamos la información que nos da el satélite, con la información de tierra y vemos que los resultados tienen coherencia”, concluye Pacino.

Una pregunta clave: ¿cómo se soluciona el complejo panorama? Las tres coincidieron en que “las soluciones vendrán cuando se pongan de acuerdo entre las tres provincias involucradas, y cuando las personas que viven en los pueblos linderos y los productores, comprendan que las napas están saturadas, y que no se puede continuar con las prácticas individuales de desagüe y con el monocultivo, que perjudican cada vez más la región”.

Ayelén Pereira, quien comenzó a estudiar la Cuenca del Plata hace más de diez años, indicó: “La laguna pertenece a una cuenca endorreica, cerrada, por lo tanto no tiene una salida de agua directa, y la única manera de disminuir la cantidad de agua es por infiltración o por evapotranspiración. El problema es que por las prácticas agrícolas, la no rotación de cultivos y la tala de los pocos montes que quedan, el suelo está muy saturado, las napas freáticas están muy altas, y la masa de agua no drena como debería hacerlo. Si a eso le sumamos los desagües de los canales clandestinos, hay mucha cantidad de agua que no tiene como salir”.

La situación crítica de La Picasa

En 2001 empezó a descender el almacenamiento del agua, a partir de las obras de bombeo principalmente. Después hubo algunos períodos de disminución, pero a partir del 2009 la tendencia comenzó a resultar positiva, y el incremento máximo, es decir el pico de altura, se dio a principios de 2017.

A esto se le suma que desde 2014 y hasta 2016 hubo una anomalía positiva de precipitaciones, asociado a un evento prolongado del fenómeno El Niño, con valores muy superiores a los normales, hubo mucha lluvia durante mucho tiempo que se fue acumulando, y la situación empeoró “porque el agua subterránea venía almacenándose y el suelo no tenía más capacidad de infiltración” explica Pereira.

A partir del registro del Servicio Meteorológico Nacional, en el período de abril de 2016 a marzo de 2017, se registraron precipitaciones en la zona que llegaron a los 1.400 milímetros.

Fuente: En Foco XXI – Rosario Plus

 

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